Ch. Mouffe: discontinuidades y fisuras teóricas tras el «populismo de izquierda»

Antonio Gómez Villar

Ch. Mouffe: discontinuidades y fisuras teóricas tras el «populismo de izquierda»

Revista de Filosofía Open Insight, vol. XII, núm. 26, 2021

Centro de Investigación Social Avanzada

Antonio Gómez Villar

Universitat de Barcelona, España




Resumen: Chantal Mouffe, en su último libro Por un populismo de izquierda, introduce importantes giros teóricos que se distancian en gran medida de sus antiguos planteamientos: tanto los presentados en Historia y estrategia socialista, escrito junto a Ernesto Laclau, como los que se hallan en las obras propias que le siguieron (El retorno de lo político y La paradoja democrática), así como las tesis presentadas por Laclau en La razón populista. Sin embargo, en esta obra de la autora, no se encuentra ninguna referencia a tales reelaboraciones teóricas. El cometido de este artículo es problematizar estos distanciamientos respecto de sus teorizaciones anteriores.

Palabras clave: Ch. Mouffe, E. Laclau, izquierda, neoliberalismo, populismo.

Abstract: Chantal Mouffe, in her latest book For a Left Populism, introduces important theoretical twists, that differ greatly from her old approaches: from those presented in History and Socialist Strategy, written with Ernesto Laclau, to those found in the her following works (The Return of the Political and The Democratic Paradox), as well as the theses presented by Laclau in The Populist Reason. However, in this work of the author, there isn’t any reference to such theoretical reworking. The purpose of this article is to problematize these distances from her previous theorizations.

Keywords: Ch. Mouffe, E. Laclau, left, neoliberalism, populism.

Introducción

En su último libro, Por un populismo de izquierdas (2018), Chantal Mouffe introduce importantes giros teóricos que abren una fisura con sus planteamientos anteriores, tanto los presentados en Historia y estrategia socialista (1987), escrito junto a Ernesto Laclau, como con sus obras principales posteriores, El retorno de lo político (1999) y La paradoja democrática (2003), y con las tesis presentados por Laclau en La razón populista (2005). Sin embargo, no encontramos en este último libro de Mouffe ninguna referencia a tales reelaboraciones teóricas. Este artículo pretende problematizar las discontinuidades que hemos observado con sus teorizaciones anteriores.

El argumento central de Por un populismo de izquierda es que para poder intervenir en la crisis hegemónica del neoliberalismo es imprescindible establecer una frontera política, y que el «populismo de izquierdas», entendido como la estrategia discursiva de construcción de una frontera política entre el «pueblo» y la «oligarquía», es el tipo de política necesaria para recuperar y profundizar en el proyecto de una democracia radical y pluralista. La segunda tesis fundamental del libro sostiene que la dimensión «populista» no basta para especificar el tipo de política que la actual coyuntura requiere, por lo que se hace necesario un «populismo de izquierda» que defina de manera clara y no ambigua los valores que persigue.

Este artículo se divide en cinco apartados, en cada uno de los cuales abordaremos las diferentes fisuras que, consideramos, Mouffe introduce respecto a sus obras anteriores: una problematización de la dimensión ontológica y óntica del populismo desde la recuperación del adjetivo «izquierda»; el modo en que se abandona la concepción de la cadena equivalencial como resultado de una articulación; el privilegio otorgado a los efectos dislocacionales del neoliberalismo, que operaría de manera virtuosa a favor de la construcción de una hegemonía que podría ensanchar el campo democrático; una concepción problemática del antagonismo en el neoliberalismo, inscrito en una abstracción que habría de ser visibilizada; y, por último, la introducción de un concepto de hegemonía que abandona en parte el carácter neogramsciano con el que había sido caracterizado en sus obras anteriores.

El populismo: ¿una dimensión ontológica u óntica?

Chantal Mouffe (2018) defiende el populismo de izquierdas como aquella estrategia política que abre la posibilidad de una extensión democrática frente a la hegemonía neoliberal. Y ello, porque para Mouffe estamos asistiendo a una crisis de la hegemonía neoliberal. Esta crisis abre dos vías: o bien se declina hacia el populismo de derechas, caracterizado por formas autoritarias, reaccionarias y xenófobas; o bien se articula como un populismo de izquierdas, posibilitando una recuperación radical de la democracia.

Dadas sus conceptualizamos anteriores, cabe preguntarse, ¿por qué denominarlo «populismo de izquierda»? La propia Mouffe, consciente quizás del giro que introduce, responde: “luego de la conversión al neoliberalismo de los partidos socialdemócratas, a menudos identificados con la izquierda, el significante izquierda ha quedado desacreditado y perdido toda connotación progresista, por lo que es posible recuperarlo como estrategia política para una ampliación del campo democrático” (Mouffe, 2018: 16).

Pero esta operación política rompe con la caracterización de Laclau (2016) del populismo: contiene una dimensión ontológica y no óntica. El concepto de populismo que elabora y propone Laclau es estrictamente formal, ya que todos los rasgos que lo definen están relacionados de manera exclusiva con un modo de articulación específico, más allá de los contenidos concretos que se articulan. Aquí resulta fundamental la diferencia que establece Laclau entre lo ontológico y lo óntico. El populismo es una categoría ontológica y no óntica, esto es, su significado no lo encontramos en los contenidos políticos o ideológicos que describirían las prácticas de un grupo específico, sino en un determinado modo de articulación de esos contenidos políticos o ideológicos.

Es por ello por lo que, en efecto, existen lo que se conoce como «populismos de izquierdas» y «populismos de derechas». Si bien difieren en sus contenidos ideológicos, ambos comparten una misma manera de hacer política que consiste en la distinción pueblo/élites y en la impugnación de esas élites por negar los valores de lo popular. Este esquema formal admite ser llenado con contenidos muy diferentes: por pueblo podemos entender, por ejemplo, una ciudadanía democrática que se alza frente al fascismo, los miembros autóctonos nacionales de una comunidad contra los inmigrantes o los trabajadores frente a la burguesía. Pero no hay nada intrínsecamente progresista o «de izquierda» en el gesto populista por antonomasia: la construcción de un pueblo. Así pues, Mouffe estaría tratando de inscribir la dimensión ontológica del populismo en una determinación ideológica.

La cadena equivalencial: una existencia previa a su articulación

Para Mouffe (2018: 45-46), la estrategia populista de izquierda se hace eco de las aspiraciones de muchas personas porque reconoce el papel crucial que juega el discurso democrático en el imaginario político de nuestras sociedades y porque establece —en torno a la democracia como significante hegemónico— una cadena de equivalencia entre las diversas luchas contra la subordinación. A su entender, en los próximos años el eje central del conflicto político estará entre el populismo de izquierda y el populismo de derecha. Por consiguiente, sólo mediante la construcción de un «pueblo» —una voluntad colectiva que resulte de la movilización de los afectos comunes en defensa de la igualdad y la justicia social— será posible combatir las políticas xenófobas que promueve el populismo de derecha. Lo importante, señala Mouffe, es que cualquiera que sea el nombre que adopte, la aceptación de la «democracia» ha de ser el significante hegemónico en torno al cual se articularán las diversas luchas (2018: 73).

Pero, con esta operación, ¿Mouffe no estaría nombrando la cadena equivalencial antes de la articulación de las demandas? Si bien Mouffe reconoce, y con ello sí que daría continuidad a teorizaciones anteriores, que el neoliberalismo crea formas de dominación en una pluralidad de relaciones sociales y que estos agentes sociales se rebelan contra el capitalismo aun cuando no actúan como clase, Mouffe estaría negando al populismo su dimensión procesual, su ser movimiento y proyecto, y, por el contrario, estaría apuntando a la existencia de una base social específica. Aun cuando sigue presente en un planteamiento una dimensión antiesencialista de las identidades políticas, ¿no se trata ahora de una definición sociológica del pueblo, aquella que trataba de superar en Historia y estrategia socialista (1987)? ¿El término «pueblo» no está siendo definido ya por su oposición al neoliberalismo? Hay una ambigüedad y tensión en esta concepción de pueblo que Mouffe introduce en su libro, porque considera por pueblo el conjunto de las demandas de la parte oprimida por la hegemonía neoliberal en su lucha contra la oligarquía. Pero, entonces ¿no están ya los términos del antagonismo establecidos, dados de antemano?

Este planteamiento obvia dos aspectos fundamentales de sus teorizaciones anteriores. Primero, un abandono de la caracterización laclausiana de la primera dimensión estructural de la razón populista: la unificación de una pluralidad de demandas en una cadena equivalencial (Laclau, 2005); y segundo, al definir la «democracia» como el significante hegemónico fundamental, pone entre paréntesis la operación fundamental de su comprensión anterior de la hegemonía: el modo en que una demanda particular adquiere centralidad (Mouffe, 1999).

En relación con el primer aspecto señalado, Laclau (2016) entiende el populismo como una de las formas de constituir la propia unidad del grupo. Es decir, se trata de determinar la práctica articulatoria, por lo que, y respondiendo a la pregunta acerca de la unidad de análisis mínima, se hace necesario identificar unidades más pequeñas que el grupo ya constituido para poder establecer el tipo de unidad al que el populismo da lugar. Así, la práctica política tiene una cierta prioridad ontológica sobre el agente; las prácticas son unidades de análisis más importante que el grupo.

La pregunta sobre la unidad mínima de análisis parte de una insatisfacción, a saber, que la mayoría de las perspectivas sociológicas consideran a los grupos en cuanto tal, ya constituidos, la unidad básica y central del análisis social. De hecho, los paradigmas holísticos funcionalistas o los paradigmas estructuralistas han sido un intento de trascender esa unidad del grupo, pero siempre partiendo de la perspectiva sociológica que considera a los colectivos ya dados la unidad fundamental para el análisis social. Queda claro que Mouffe (2018) no asume una existencia a priori del grupo que encarna el lugar de enunciación «democracia», pero sí establece, antes de la práctica articulatoria, siempre contingente, de las demandas, la existencia de una subjetividad social más amplia: a la cadena equivalencial le habría otorgado, a priori, un sentido determinado.

Y ello tiene directa relación con el segundo aspecto antes referido, el modo en que para Laclau en el establecimiento de ese vínculo equivalencial ha de encontrarse algún denominador común entre las demandas individuales, consideradas en su particularismo, que encarne la totalidad de la serie. Suele ocurrir que una demanda individual adquiere cierta centralidad: “no hay hegemonía sin la construcción de una identidad popular a partir de una pluralidad de demandas democráticas” (Laclau, 2015: 124). Una demanda particular, sin abandonar completamente su particularidad, puede funcionar también como el significante que representa la cadena equivalencial como totalidad, “de la misma manera que el oro, sin dejar de ser una mercancía particular, transforma su propia materialidad en la representación universal del valor” (Laclau, 2009: 59). En el planteamiento de Mouffe, por el contrario, el significante «democracia» no es el resultado de una demanda que ha adquirido cierta centralidad siendo capaz de aunarlas a todas, sino que se propone como un a priori, como un espacio de coordinación que habría de sostener a las demandas.

La crisis del neoliberalismo: la crisis orgánica como precondición del populismo

Según Mouffe (2018), estamos asistiendo a una crisis de la formación hegemónica neoliberal que abre la posibilidad de construir un orden más democrático. La aparición de múltiples resistencias, que el propio neoliberalismo genera, es lo que estaría poniendo en crisis al propio neoliberalismo. Y corresponde al «populismo de izquierdas» apoyarse en esta multiplicación de las resistencias.

Mouffe da así continuidad a sus desarrollos teóricos anteriores: las posibilidades de construcción de un pueblo sólo son posibles desde una situación de crisis, caracterizado por la multiplicación de demandas muy heterogéneas. Sin embargo, la propia Mouffe (2018: 83) señala que una de las diferencias fundamentales entre los años en que escribió, junto a Laclau, Hegemonía y estrategia socialista, y el momento actual, es que el neoliberalismo es el causante de nuevos antagonismos que, como aquellos surgidos a partir de la destrucción del Estado de bienestar, afectan a numerosos sectores de la población. Bajo el neoliberalismo, el campo del conflicto se ha ampliado de manera considerable y ello comporta, para el «populismo de izquierdas», la posibilidad de construir un proyecto democrático desde los beneficios dislocacionales del neoliberalismo.

Pero ¿por qué Mouffe otorga ahora al neoliberalismo una particularidad, en lo que a la creación de nuevos antagonismos se refiere, que no tenía años atrás? ¿La forma histórica que ha adquirido hoy el neoliberalismo crea demandas de naturaleza cualitativamente diferente del neoliberalismo de los años ’80? ¿Es esta diferencia cualitativa la que hace necesaria la postulación de un «populismo de izquierdas»?

Consideramos que Mouffe particulariza en el neoliberalismo actual dos dimensiones que están presentes en la dimensión ontológica del populismo, más allá de sus concreciones históricas: la «crisis orgánica» como precondición del populismo y la ampliación del campo del antagonismo que ha tenido lugar desde los años ’60.

En primer lugar, sin una ruptura inicial de algo en el orden social no existe la posibilidad del antagonismo, de trazar una frontera interna. Sin esa división de la sociedad en dos campos no hay construcción de pueblo. Si la frontera política desaparece, el pueblo como actor histórico se desintegra. El sistema institucional ha de estar fracturado, roto, para que el momento populista resulte efectivo. En una situación de estabilidad institucional no hay posibilidad de construcción de pueblo desde una lógica populista.

Cuando las instituciones no son capaces de vehiculizar las demandas de la gente y darles respuesta, cuando se produce tal crisis institucional, es cuando el populismo puede crear un nuevo convencimiento. Pero ese convencimiento no trata de restablecer la confianza en las instituciones existentes, esas que han dejado de convencer a la gente por su falta de respuestas. Antes bien, el populismo es un momento en que se pone en cuestión todo el orden institucional y sus fundamentos. La situación es esa que Gramsci (1981) llamaba «crisis orgánica». No se trata de reconstruir las instituciones existentes, sino de crear un nuevo orden completo. Sin embargo, es importante señalar que el populismo nunca surge desde una exterioridad total, sino a partir de la rearticulación de demandas fragmentadas unificadas mediante un nuevo núcleo.

Cuando se produce alguna situación de desorden social, la «crisis orgánica» antes referida, precondición del populismo, la demanda que se realiza siempre es por algún tipo de orden. Va a ser secundario el orden social concreto que pueda satisfacer ese reclamo. El rol que jugará la identidad popular no es el de proponer algún tipo de contenido en positivo, sino funcionar como “denominador de una plenitud que está constitutivamente ausente” (Laclau, 2016: 126). Así, la emergencia de cualquier «pueblo» presenta dos caras: de un lado, es una ruptura con el orden existente, con el statu quo, el orden institucional precedente; por otro, introduce algún tipo de «ordenamiento» donde tiene lugar la dislocación sistémica, construir un orden donde solo había anomia. Es por ello por lo que el populismo presenta una doble faz: de un lado, se presenta a sí mismo como subversivo en relación con el orden de cosas existentes; y, de otro, es el punto de partida para la reconstrucción de un nuevo orden dado el debilitamiento del orden anterior.

En segundo lugar, la propuesta de Mouffe (2003) se concreta en la defensa de una democracia radical y plural como objetivo de una nueva izquierda. A partir de la proliferación de nuevas luchas sociales y ampliación del campo del antagonismo desde la década de los ’60, tanto Laclau y Mouffe tratan de redefinir el proyecto socialista en términos de una radicalización de la democracia, desde una articulación de diferentes luchas contra diferentes formas de subordinación, por razones de clase, género, raza o las luchas libradas por el movimiento ecologista, pacifista o antinuclear. Estas luchas, y las relaciones que establecen entre ellas, no contienen una lógica interna que se autodespliegue para conformar la estructura social. Antes bien, la posible articulación entre las luchas siempre será producida por una fuerza parcialmente externa. Es un enfoque que da prioridad al momento de la articulación política, siendo la hegemonía la categoría central del análisis político.

Su obra Hegemonía y estrategia socialista, de 1987, constituye un texto central del debate postmarxista, cuyo objetivo principal ha sido la elaboración de una teoría no esencialista del sujeto. Tiene lugar una renuncia explícita a la categoría de «sujeto» como entidad unitaria, transparente y suturada, que imposibilita reconducir las posiciones de sujeto a un principio fundante, positivo y unitario. No es posible determinar a priori el sujeto de la transformación social, el agente del cambio. Así pues, en los años ’80, Mouffe se refería a esa ampliación del campo del antagonismo que parece verse intensificado hoy, lo cual otorgaría un privilegio dislocacional al neoliberalismo actual que pondría en tela de juicio uno de los aspectos fundamentales de la dimensión ontológica del populismo al pretender inscribirla en una contingencia histórica.

El antagonismo en la hegemonía neoliberal: ¿hacia una revelación de la verdad del enemigo?

Desde El retorno de lo político (1999) y La paradoja democrática (2003), encontramos una constante en la obra de Mouffe: si hay algo que amenaza la democracia es el intento de eliminar el antagonismo y pretender crear un consenso universal racional, suturando el espacio que separa la justicia del derecho. El liberalismo niega el agonismo inherente a nuestras sociedades, y con ello se imposibilita la lucha entre adversarios y aparece la posibilidad de una guerra entre enemigos. De manera paradójica, señala Mouffe (2016a), un enfoque que pretende una sociedad reconciliada acaba poniendo en peligro la democracia. El deseo de alcanzar una sociedad reconciliada nos conduce a la eliminación de lo político y a la destrucción de la democracia.

El liberalismo, dominado por una perspectiva racionalista, individualista y universalista, es incapaz de aprehender el papel político y constitutivo del antagonismo (Mouffe, 2016a: 12). La perspectiva racionalista, dominante en el liberalismo, es contraria a un marco teórico que reconozca la imposibilidad de constituir una forma de objetividad social que no esté fundada en una exclusión original. Es por ello por lo que el liberalismo padece una ceguera a la hora de entender el proceso de redefinición de las identidades colectivas. Para proteger las instituciones democráticas es del todo necesario abandonar la perspectiva racionalista que obvia lo político en tanto antagonismo.

En un punto, Mouffe coincide con Carl Schmitt: ambos reprochan al liberalismo que traten de aniquilar lo político. De Schmitt le interesa el modo en que pone de manifiesto varias debilidades de la democracia liberal, encuentra en sus planteamientos intuiciones que son inspiradoras. Sin embargo, Mouffe se distancia de él, pues no se trata de afirmar lo político contra el liberalismo, sino de elaborar una forma «verdaderamente» política del liberalismo, que continúe postulando la defensa de los derechos y el principio de la libertad individual, pero que no rechace la cuestión del conflicto y el antagonismo (2006b: 51). Si bien considera que la crítica de Schmitt al liberalismo contiene ideas importantes, Mouffe se distancia del carácter irreconciliable que Schmitt establece entre democracia y liberalismo. Para Mouffe ese carácter irreconciliable no lo es al modo de una contradicción, sino como el locus de una paradoja, la llamada «paradoja democrática» de la democracia moderna (2016b).

Schmitt (2014) sostiene que el liberalismo niega el carácter erradicable del antagonismo, por lo que el liberalismo es incapaz de aprehender la naturaleza de lo político, cuyo criterio específico es la discriminación entre amigo y enemigo. Si hay política en la sociedad es por la dimensión de conflicto que existe en las sociedades humanas. Mouffe (2016b: 54) está de acuerdo con esta concepción de lo político, como discriminación amigo/enemigo, pero no acepta el rechazo de Schmitt a la democracia liberal pluralista. Es por ello por lo que Mouffe piensa, al mismo tiempo, con y en contra de Schmitt, ya que aun partiendo de premisas schmittianas llega a un planteamiento opuesto respecto a la posibilidad de una democracia pluralista.

Mouffe sí coincide con Schmitt al señalar las deficiencias de aquel tipo de pluralismo que niega la especificidad de la asociación política, siendo necesario constituir políticamente el pueblo (2016b: 51-73). Sin embargo, Mouffe no cree que estemos obligados a negar la posibilidad de toda forma de pluralismo en el interior de la asociación política. La principal diferencia radica en que Mouffe pone en cuestión toda idea de pueblo como algo ya dado, como algo con una identidad sustantiva. Mouffe propone algo que no hace Schmitt: si la unidad del pueblo es el resultado de una construcción política, entonces habremos de explorar todas las posibilidades lógicas que implica una articulación política.

Lo político es para Mouffe la dimensión de antagonismo que es inherente a las relaciones humanas, que puede adoptar muchas formas y surgir en distintos tipos de relaciones sociales. El objetivo de la política democrática es trasformar el antagonismo en agonismo. “se trata de una forma sublimada de la relación antagónica, en la cual los oponentes, aunque saben que no hay una solución racional a su conflicto y que nunca van a poder estar de acuerdo, aceptan la legitimidad de los adversarios al defender su postura” (Mouffe y Errejón, 2015: 50). Así, el agonismo no elimina el antagonismo, sino que es una manera de sublimarlo. La desaparición de los totalitarismos supuso la desaparición de la oposición entre totalitarismo y democracia. Se hace necesario, pues, según Mouffe, una redefinición de la identidad democrática, que ha de hacerse a través del establecimiento de una nueva frontera política (Mouffe, 2016b: 118).

Mouffe propone la creación de instituciones que permitan transformar el antagonismo en agonismo. Este desplazamiento consiste en transformar el enemigo en adversario. La perspectiva teórica de Mouffe está pensada desde la crítica del esencialismo, base para entender los límites del pensamiento político clásico. Lo decisivo de la política democrática no pasa por alcanzar un consenso sin exclusión, sino por establecer la discriminación nosotros/ellos de modo que resulte compatible con el pluralismo. El ellos/nosotros del antagonismo no se puede reducir a un simple proceso de inversión dialéctica, ya que el «ellos» no es el opuesto constitutivo de un nosotros, sino el símbolo de aquello que hace imposible cualquier «nosotros» (Mouffe, 2016a: 13-14).

Mouffe añade, así, un término que no está muy presente en la obra de Laclau: el agonismo (2016a: 16). La democracia pluralista que propone Mouffe está caracterizada por la distinción entre las categorías de «enemigo» y «adversario». El nosotros que constituye la comunidad política no ve al otro como un enemigo a abatir, sino como un adversario de legítima existencia y al que se debe tolerar. “No implica una relación entre enemigos, sino entre adversarios, término éste que se define de modo paradójico como enemigos amistosos, esto es, como personas que son amigas porque comparten un espacio simbólico común, pero que también son enemigas porque quieren organizar ese espacio simbólico común de un modo diferente” (Mouffe, 2016b: 30). Pero la categoría de enemigo nunca desaparece. Así pues, el antagonismo define la relación con el enemigo; y el agonismo define la relación con el adversario. El agonismo no es un peligro para la democracia, sino su condición misma de existencia (Mouffe, 2016a: 17-18).

El modo de hacer frente a esta situación pasa por instaurar, sostiene Mouffe (2016a: 11), un «pluralismo agonístico» que permita las confrontaciones en el interior del espacio común. La existencia del pluralismo implica la permanencia del conflicto y el antagonismo. La dinámica agonística de la democracia pluralista se inscribe en la tensión entre consenso y disenso. La categoría de adversario es la clave para concebir la especificidad de la política pluralista. El principal punto débil que Mouffe 2016a: 152) señala en el liberalismo tiene que ver con el hecho de que el liberalismo tiende a borrar el lugar que ocupa el adversario, eliminando de la esfera pública cualquier oposición legítima.

Insistimos, la democracia agonística exige la aceptación de que el conflicto y la división son inherentes a la política y de que no existe un lugar donde alcanzar una reconciliación definitiva, la unidad del «pueblo». El liberalismo es un pluralismo sin antagonismo: “la condición de posibilidad de una democracia pluralista es al mismo tiempo la condición de imposibilidad de su perfecta puesta en práctica. De ahí la importancia de reconocer su naturaleza paradójica” (Mouffe, 2016b: 32).

Partiendo desde esta perspectiva, ¿cómo conceptualiza Mouffe el antagonismo en Por un populismo de izquierdas? Para Mouffe, el populismo de izquierdas es una estrategia para construir una frontera política que apunte hacia la articulación de una voluntad colectiva con capacidad para romper con la hegemonía neoliberal y crear las condiciones para una nueva hegemonía que permita una radicalización de la democracia. Mouffe señala que los liberales aceptan la concepción hegemónica del poder en clave neoliberal. Frente a esta concepción sin enemigos, consensual, racional universal, ella introduce el agonismo con el objetivo de transformar “las relaciones de poder existentes y el establecimiento de una nueva hegemonía” (2018: 58). Para ello, se propone Mouffe desenmascarar la lógica hegemónica del neoliberalismo que los liberales tratan de encubrir.

Si asumimos que para el modelo de «gubernamentalidad neoliberal» (Foucault, 2008) no es posible responsabilizar a ningún adversario político o económico de la plenitud ausente; o dicho en otros términos, si la concepción neoliberal del enemigo está signada por la impersonalidad y abstracción como forma adecuada para obtener una mayor eficacia para dominar, entonces nos encontramos con una lógica del antagonismo que escondería los mecanismos de dominación abstractos propios del capitalismo. Ahora bien, si Mouffe ya ha establecido los términos del antagonismo a priori, y ha nombrado a la «oligarquía» como la responsable de la ausencia de plenitud de la comunidad, entonces Mouffe no solo sociologiza las demandas (los afectados por las políticas neoliberales), no solo define a priori el significante hegemónico de la cadena equivalencial («democracia»), sino que también ha definido a priori al adversario, el «ellos», la oligarquía.

Esto tiene dos consecuencias: primero, el modo en que parece reducirse el antagonismo y el problema del adversario a una mera descripción; segundo, el papel otorgado al discurso, a la nominación y a lo performativo.

La primera consecuencia: Mouffe obvia en este último libro que lo que constituye el núcleo del problema del antagonismo no es la descripción de los antagonismos y sus causas, sino la pregunta acerca de qué es una relación antagónica, qué tipo de relación supone (2016b: 119). Los antagonismos no son internos sino externos a la sociedad, establecen los límites de la sociedad, la imposibilidad de constituirse plenamente. La sociedad no es el conjunto de agentes que tienen una existencia física y habitan un territorio determinado, la sociedad es un espacio no suturado donde no es posible reconducir la negación a una positividad.

Y es que el «ellos» (las élites, la oligarquía) opera como exterior constitutivo del pueblo. La identidad del enemigo depende de un proceso de construcción política. Mouffe calca una de las posibilidades de la formación del grupo que plantea Freud: el elemento común que posibilita la identificación entre los miembros de un colectivo es la hostilidad común hacia algo o hacia alguien. He aquí, pues, cómo toda identidad se construye en el seno de esta tensión. Se trata siempre de una totalidad fallida, de una plenitud inalcanzable.

La segunda consecuencia: Mouffe (2018) nombra «la oligarquía» como ya existente, un nombrar que no tiene ninguna función performativa, sino que solo reconoce lo que la oligarquía ya es. Por el contrario, para nombrar el pueblo o las élites, Mouffe siempre partía de una serie de elementos heterogéneos, que podría incluir, por supuesto, la oligarquía, pero desde un gesto diferente, pues se trataría de una operación hegemónica que constituye performativamente la unidad de los elementos en disputa. La fusión de esos elementos heterogéneos en una sola entidad, aunque sea a través del término «oligarquía», es el resultado de la operación de nominación, rompiendo así el correlato conceptual entre aquello a lo que el nombre se refiere. Sí así fuese, entonces «oligarquía» ya no querría decir «agente sectorial», el conjunto de empresarios y políticos al servicio del neoliberalismo, sino que se referiría a la construcción performativa de un adversario. Esta constitución del adversario significa que hemos pasado del concepto al nombre. Es por ello por lo que el momento de la nominación tiene un rol central y constitutivo, porque no existen elementos apriorísticos. Por lo cual, la nominación es el momento clave: el discurso no es aquello que se origina en un segundo momento a partir de una realidad primaria y objetiva. Si así fuese, entonces la realidad ya tendría un significado dado a priori y a nosotros tan solo nos correspondería descubrirlo. Por el contrario, el discurso tiene un rol constitutivo del significado de la realidad. Nombrar no es poner nombres a las cosas, sino una operación política y performativa. Así pues, la definición a priori de la oligarquía como el elemento antagónico rompe el nexo entre discurso, nominación y performatividad.

La hegemonía neoliberal: ¿un orden capitalista que se impone?

En Por un populismo de izquierda, Mouffe nos advierte de la “consolidación de la hegemonía neoliberal en Europa occidental” (2018: 33). En cierto modo, en este último libro la hegemonía adquiere la forma de un orden existente de dominación. Se trataría de la trasladación al orden de lo político de la reproducción económica capitalista. Tras esta comprensión de la «hegemonía neoliberal», se percibe en Mouffe una suerte de concepción de la hegemonía como técnica política de dominación propiamente neoliberal en las condiciones de reproducción capitalistas actuales. Este modo de entender la hegemonía trastoca sus teorizaciones anteriores.

El marco teórico que adoptan tanto Mouffe como Laclau nace desde una matriz gramsciana, siendo la hegemonía la categoría central. El intento de Gramsci (1981) de buscar otros puntos de partida diferentes a los del marxismo ortodoxo está en el origen de sus reflexiones. Lacau desarrolla el concepto de hegemonía a partir del modelo gramsciano/althusseriano, que se corresponde con sus primeros escritos, la concepción postestructuralista que Laclau y Mouffe abordan en Historia y estrategia socialista, y la variante más lacaniana de sus últimos escritos en el que desarrolla de teoría de los “significantes vacíos” (Laclau, 2016). En la medida en que Mouffe sólo participa del segundo momento, nos detendremos sólo sobre él de cara a someter a consideración crítica la concepción de la hegemonía introducida en Por un populismo de izquierda.

En Historia y estrategia socialista (1987) Laclau y Mouffe entienden por hegemonía la lógica general de la institución política de lo social. La hegemonía es la operación por la que una particularidad asume una significación universal inconmensurable consigo misma, una cierta particularidad que asume el rol de una universalidad imposible. El todo siempre va a ser encarnado por una parte. Esta función de universalidad hegemónica no es para siempre, sino que es reversible en todo momento. Es un planteamiento que está atravesado por los debates sobre la relación entre universalismo y particularismo.

Aun cuando en Hegemonía y estrategia socialista (1987) la concepción de la hegemonía de Laclau y Mouffe parte de Gramsci, matizaron la ruptura del filósofo italiano con el esencialismo. Y ello porque para Gramsci la esencia última de la instancia articuladora es lo que denomina «una clase fundamental de la sociedad» (1981). Observaron una ambivalencia permanente en la obra de Gramsci, su tendencia a regresar a la concepción ontológica de la identidad de clase. A diferencia de Laclau y Mouffe, la identidad de esa clase no la considera Gramsci como el resultado de prácticas articulatorias. Es lo que Laclau denomina “el último resabio de esencialismo en Gramsci” (Laclau, 2016: 160). Y tanto Laclau como Mouffe tratarán de extender y radicalizar la noción de hegemonía en Gramsci, librarla de los límites propios del análisis de clase de corte marxista.

Atienden a los obstáculos epistemológicos, que van desde Lenin a Gramsci, que impiden entender el potencial teórico y político radical del concepto de hegemonía. Ese potencial solo es plenamente visible en la medida en aceptemos el carácter abierto y no suturado de lo social. Gramsci es para Laclau y Mouffe un momento en esa transición hacia la deconstrucción del paradigma político esencialista del marxismo clásico. Que la articulación hegemónica en Gramsci tenga lugar en torno a una clase social fundamental ha de ser repensando a la luz de las transformaciones que han tenido lugar en las sociedades postindustriales. En nuestras sociedades no es posible pensar una clase social que presuponga la unidad de las posiciones de sujeto de los diversos agentes, porque esa unidad es siempre fragmentada, precaria y sometida a un proceso constante de rearticulación hegemónica. El surgimiento y creación de identidades colectivas no se describen en términos de división de clases. La construcción gramsciana no logra superar de manera plena el dualismo del marxismo clásico, pues para Gramsci (1981) siempre tiene que haber un único principio aglutinante en cada formación hegemónica, y este principio solo lo puede constituir una clase fundamental. La hegemonía de la clase tiene, en última instancia, un fundamento ontológico. Aunque Gramsci acepta la complejidad social como condición misma de la lucha política, sentando las bases para una práctica democrática de la política compatible con una pluralidad de sujetos históricos, la práctica hegemónica no es el resultado de luchas contingentes. Hay, pues, un punto de esencialismo que pervive en el pensamiento gramsciano del que Laclau y Mouffe se distancian.

La priorización del momento político en la estructuración de la sociedad es quizás el aspecto esencial del enfoque de Laclau y Mouffe. La hegemonía surge a partir de prácticas articulatorias, esto es, un campo en el que los elementos no han cristalizado en un momento, porque requiere un campo incompleto y abierto de lo social. El concepto de hegemonía implica un campo teórico dominado por la categoría de articulación, en cuanto necesita de alguna forma de presencia separada de los elementos que la práctica articula, reconducir los fragmentos a una nueva forma de unidad.

La identidad es el resultado de una articulación discursiva, es el intento de construir discursivamente el «bloque histórico»: “lo social es articulación en tanto la «sociedad» es imposible” (Laclau, 2001: 114). En Hegemonía y estrategia socialista, Laclau y Mouffe definen «articulación» como “toda práctica que establezca una relación entre elementos, de modo que la identidad de estos últimos es modificada como resultado de la práctica articuladora. El discurso es esa totalidad estructurada que resulta de la práctica articuladora” (Laclau y Mouffe, 2001: 105).

La equivalencia es hegemónica en la medida en que no se limita a establecer una alianza entre intereses ya dados, sino que modifica la identidad misma de los elementos que intervienen en dicha alianza. Aquí aparece una tensión con los desarrolles en las obras anteriores de Mouffe, ya referidas a lo largo del texto. En la medida en que las demandas, la cadena equivalencial y el adversario ya están definidos a priori, se imposibilita la modificación de esa identidad, los elementos carecen de autonomía para devenir algo cualitativamente diferente de una mera suma que encuentra en «democracia» el significante que alberga la yuxtaposición preexistente.

La hegemonía, además del momento articulatorio, debe verificarse a través del enfrentamiento con prácticas articulatorias antagónicas, esto es, la hegemonía supone fenómenos de equivalencia y efectos de frontera. La práctica hegemónica ha de ser definida a partir de la presencia de elementos flotantes y su articulación frente a campos opuestos. La equivalencia y las fronteras son condiciones necesarias para poder hablar de hegemonía en sentido estricto. Pero el modo en que Mouffe entiende la hegemonía en Por un populismo de izquierda pareciera ser concebida en términos de imposición de la ideología dominante. Pero la hegemonía implica siempre articulación de una pluralidad, no simple despliegue de una esencia, ni de la potencia de la racionalidad neoliberal encarnada en «la oligarquía». La hegemonía no puede tener un sujeto, una expresión organizativa, o la reproducción capitalista, sino un polo de articulación más abierto, despegado de una esencia fija.

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Revista de Filosofía Open Insight
ISSN: 2007-2406
Vol. XII
Num. 26
Año. 2021

Ch. Mouffe: discontinuidades y fisuras teóricas tras el «populismo de izquierda»

Antonio Gómez Villar
Universitat de Barcelona,España
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